domingo, 11 de octubre de 2026

guions nuevo

Gancho+dolor+vulnerabilidad +espectativa+solución.  (20 segundos) 

Hoy quiero que miremos algo que ocurre incluso antes de que empiece una discusión: la manera en que elegimos a las personas con las que nos vinculamos.

Porque quizá te ha pasado que miras hacia atrás y descubres que tus parejas eran muy diferentes entre sí o al menos eso quieres creer.
 Tenían distintos trabajos, distintas formas de ser, diferentes intereses. A simple vista, no parecían tener mucho en común. Sin embargo, cuando recuerdas cómo te sentías dentro de esas relaciones, encuentras algo que se repite. Quizá volvías a sentir que no eras suficiente, que tenías que esforzarte demasiado para recibir cariño o que, por más que intentaras acercarte a la otra persona, siempre había una distancia que no conseguías acortar.

Y entonces empiezas a preguntarte por qué te sucede lo mismo. ¿Por qué terminas en relaciones que despiertan esas sensaciones en ti? ¿Por qué, aunque sabes lo que quieres, a veces acabas involucrándote con alguien que termina haciéndote sentir precisamente lo contrario?

Para comprenderlo, creo que tenemos que mirar nuestra historia personal y la manera en que hemos aprendido a relacionarnos con los demás.

Recuerdo el caso de una paciente que llegó a consulta profundamente afectada por una traición amorosa. Tenía treinta y nueve años y su pareja, con quien llevaba varios años de relación, le había sido infiel con su propia hermana. Además, estaban preparando su boda.

Imagínate lo que significaba para ella enfrentarse a una situación así. La persona con la que pensaba construir su futuro la había traicionado, pero también se había quebrado la confianza dentro de su propia familia. Era muchísimo dolor junto, y ella estaba intentando encontrar la manera de continuar con su vida después de aquello.

En medio de todo ese sufrimiento, me decía que tenía treinta y nueve años, que en ese momento no tenía trabajo, que no tenía pareja y que tampoco había tenido hijos. Sentía que la vida se le había pasado y que quizá ya no tendría otra oportunidad de formar una familia. Tenía miedo de quedarse sola y que jamás lograría formar una familia 

Cuando escuchas algo así, puedes darte cuenta de que el sufrimiento no está relacionado únicamente con lo que acaba de ocurrir. Lo que pasó en esa relación había tocado otras preocupaciones que ella ya tenía sobre sí misma, sobre su edad y sobre el futuro que imaginaba para su vida.

Al revisar su historia sentimental, encontramos una dinámica que ... (tocar temas de autoestima, relaciones de pareja) 

Por supuesto, la infidelidad y la traición que sufrió fueron responsabilidad de quienes tomaron esas decisiones. Comprender su historia emocional no significa responsabilizarla por lo que hicieron otras personas. Pero sí podíamos explorar por qué aquella experiencia había golpeado tan profundamente su autoestima.

Para ella, lo sucedido parecía confirmar una idea que llevaba mucho tiempo acompañándola: "No soy suficiente", "Siempre van a preferir a alguien antes que a mí". 

Y cuando una experiencia dolorosa parece confirmar algo que llevamos años creyendo sobre nosotros mismos....

Esto también puede suceder cuando vivimos preocupadas por el paso del tiempo. Sobre todo las mujeres hemos recibido durante años mensajes acerca de la edad a la que deberíamos casarnos, tener hijos o haber construido una familia. Entonces solemos sentir que estamos quedándonos atrás si no hemos conseguido determinadas cosas.

Sentimos que tenemos un tiempo límite para encontrar pareja y nos asusta tener que empezar de nuevo.

Y desde ese miedo podemos terminar aceptando situaciones que, en otras circunstancias, quizá no aceptaríamos. Pasamos por alto comportamientos que nos incomodan, justificamos ausencias, esperamos cambios que nunca llegan o nos convencemos de que tenemos que esforzarnos un poco más para que la relación funcione.

Poco a poco, dejamos de preguntarnos si esa persona es adecuada para nosotros y empezamos a preguntarnos qué tenemos que hacer para conseguir que nos elija.

Es una diferencia importante, porque cuando toda nuestra atención está puesta en conseguir el cariño de alguien, podemos perder de vista lo que sentimos nosotros dentro de esa relación.

Y esto no ocurre solamente por miedo a la edad o a la soledad. También puede estar relacionado con las experiencias que hemos vivido desde pequeños, con la manera en que recibimos afecto y con lo que aprendimos que teníamos que hacer para sentirnos queridos.

Piensa en alguien que creció sintiendo que tenía que portarse bien para recibir atención. Quizá aprendió que sus padres estaban más contentos cuando sacaba buenas notas, cuando no protestaba, cuando ayudaba en casa o cuando no les daba problemas. Tal vez se acostumbró a esforzarse para conseguir aprobación y a sentir que debía hacer las cosas bien para merecerla.

Cuando esa persona llega a la vida adulta, puede seguir buscando ese reconocimiento en sus relaciones. Es posible que se sienta especialmente atraída por alguien distante, exigente o poco expresivo, alguien cuyo cariño parece difícil de conseguir.


El problema es que, mientras intenta conseguir ese reconocimiento, puede pasar por alto una pregunta mucho más importante: ¿cómo me siento yo con esta persona? ¿Puedo ser yo misma dentro de esta relación? ¿Estoy recibiendo el cariño que necesito o vivo pendiente de conseguir un poco más?

A veces nos esforzamos tanto por lograr que alguien nos quiera que dejamos de observar si esa persona realmente sabe querernos de la manera en que necesitamos.

También hay personas que aprendieron desde pequeñas a hacerse cargo de los demás. Quizá tuvieron que cuidar emocionalmente a uno de sus padres, intervenir en las discusiones familiares o asumir responsabilidades que no correspondían a su edad. Se acostumbraron a estar pendientes de los problemas de los demás, a anticiparse a sus necesidades y a intentar que todo estuviera bien.






Cuando crecen, pueden convertirse en personas muy capaces de acompañar y ayudar, pero también pueden tener dificultades para distinguir entre amar a alguien y hacerse responsable de su vida.

Quizá se involucran con una pareja que tiene muchos problemas, que no consigue organizarse, que necesita ayuda constantemente o que atraviesa dificultades emocionales. Al principio sienten compasión, quieren acompañarla y creen que, con paciencia y cariño, las cosas van a mejorar.

Pero con el tiempo terminan ocupándose de casi todo. Escuchan, resuelven, comprenden, perdonan y encuentran explicaciones para los comportamientos de la otra persona. Mientras tanto, sus propias necesidades van quedando relegadas.

Y llega un momento en que ya no saben muy bien cómo relacionarse con esa persona si no es desde el cuidado. Se acostumbraron tanto a ser quienes sostienen la relación que quizá ni siquiera se preguntan qué sucedería si dejaran de hacerlo.

Acompañar a alguien que atraviesa una etapa difícil es parte de una relación. Todos podemos necesitar apoyo en algún momento. La dificultad aparece cuando una persona termina asumiendo permanentemente responsabilidades que corresponden a la otra y el vínculo deja de ser recíproco.

Algo parecido puede ocurrir con la distancia emocional.

Imagina a alguien que creció en una familia donde los problemas no se hablaban directamente. Cuando había una discusión, los adultos dejaban de hablarse, se lanzaban indirectas o pasaban días enteros sin explicar qué les ocurría. La cercanía emocional no siempre era un lugar seguro y expresar lo que uno sentía podía terminar en un conflicto.

Esa persona puede llegar a la adultez con dificultades para confiar, expresar sus necesidades o sentirse cómoda cuando alguien se acerca demasiado.

En algunos casos, podría terminar involucrándose con personas que tampoco están disponibles emocionalmente. Quizá elige a alguien que vive lejos, que no quiere comprometerse o que mantiene una relación en la que nunca termina de hacerle un espacio.

Y aunque esa situación le duela, también puede resultarle familiar. La distancia le permite desear una relación sin tener que enfrentarse por completo a la vulnerabilidad que implica construirla.

Esto no significa que todas las personas que tienen relaciones a distancia o que no quieren comprometerse estén repitiendo una experiencia de la infancia. Cada historia es diferente. Lo que necesitamos observar es si existe una dinámica que se repite y qué lugar ocupamos nosotros dentro de ella.

También influye lo que hemos aprendido sobre el amor en nuestra familia. Si crecimos viendo a personas que soportaban situaciones dolorosas durante años, que sacrificaban sus necesidades para mantener una relación o que entendían el amor como una obligación de aguantar, podemos llegar a considerar esas conductas normales.

Quizá escuchamos que las mujeres tienen que ser pacientes, que los hombres son así, que todas las parejas discuten de esa manera o que una buena esposa siempre debe perdonar. Esos mensajes pueden acompañarnos durante mucho tiempo, incluso cuando conscientemente queremos construir una relación diferente.

Y a veces también sentimos que vivir de otra manera significa alejarnos de nuestra familia o cuestionar la historia de las personas que queremos. Nos cuesta aceptar que podemos construir una relación más tranquila, establecer límites o decidir que no queremos repetir determinadas experiencias.

Por eso creo que es importante revisar lo que hemos aprendido sobre el amor. Podemos comprender las circunstancias en las que crecieron nuestros padres, reconocer las dificultades que atravesaron y quererlos sin tener que repetir sus decisiones.

Nuestra historia nos influye, pero no determina por completo nuestras relaciones futuras.

De hecho, cuando empezamos a reconocer estas dinámicas, podemos comprender mejor por qué algunas personas nos despiertan emociones tan intensas. A veces conocemos a alguien y sentimos una conexión muy fuerte desde el principio. Pensamos constantemente en esa persona, queremos volver a verla y sentimos una emoción difícil de explicar.

Eso puede ser simplemente atracción. Pero también puede ocurrir que esa persona despierte una dinámica que ya conocemos: la necesidad de conseguir su atención, el miedo a perderla o la incertidumbre sobre lo que siente por nosotros.

Y si estamos acostumbrados a vivir el amor de esa manera, podemos confundir la intensidad de esas emociones con la profundidad del vínculo.

Una relación que nos mantiene constantemente pendientes de lo que hará la otra persona puede ocupar muchísimo espacio en nuestra mente. Esperamos sus mensajes, analizamos sus palabras, nos preguntamos si está perdiendo el interés y sentimos un gran alivio cuando vuelve a acercarse.

Esa alternancia entre la cercanía y la distancia puede reforzar nuestra preocupación por la relación. Y, en medio de esa incertidumbre, podemos llegar a pensar que nunca habíamos sentido algo tan intenso.

Mientras tanto, conocer a alguien que se comunica con claridad, que respeta nuestros límites y que muestra un interés constante puede sentirse diferente. No tenemos que estar interpretando silencios ni buscando señales de que la relación sigue en pie.

Si estamos acostumbrados a la incertidumbre, quizá necesitemos tiempo para aprender a desenvolvernos en una relación más estable.

Pero tampoco quiero que empecemos a analizar cada atracción como si necesariamente escondiera una herida emocional. Sentir una conexión intensa no significa que estemos frente a una persona que nos hará daño, y sentir tranquilidad tampoco garantiza que una relación sea adecuada para nosotros.

La atracción importa. La compatibilidad también. Necesitamos conocer a la otra persona, observar cómo se comporta y comprobar si podemos construir algo que nos haga bien.

Lo que podemos hacer es prestar atención a lo que ocurre con el paso del tiempo. Si miras tus últimas relaciones y descubres que, aunque las personas eran diferentes, tú terminabas sintiendo la misma inseguridad, asumiendo las mismas responsabilidades o luchando por recibir el mismo cariño, quizá haya una dinámica que merezca la pena explorar.

Hace un tiempo escribí un poema que habla precisamente de esa dificultad para alejarnos de una relación, incluso cuando una parte de nosotros ya ha comprendido que necesita hacerlo.

Te olvidaste de mí, ¿verdad?

Dejé de ser un eco en tu vida,
una presencia desvanecida en el tiempo,
un fantasma en tu historia.

Sé que debo partir, lo comprendo.
Sé cómo hacerlo,
aunque no es fácil,
nunca lo es.

Fui yo quien se dejó llevar por ilusiones.
Mi intuición advertía que esto sucedería,
intenté alejarme antes,
pero ese fue el enigma:
intentarlo no es lo mismo que hacerlo.

No tuve la fuerza para lograrlo.
Mi tendencia a la dependencia ha tejido esta red.

Ahora, solo anhelo hallar serenidad,
llegará el momento,
solo debo ser fuerte,
debo ser sabia y tomar decisiones mejores.

Cuando escribí «Mi tendencia a la dependencia ha tejido esta red», estaba poniendo en palabras esa sensación de comprender lo que sucede y, aun así, tener dificultades para actuar de acuerdo con lo que sabemos.

A veces vemos que una relación no está funcionando, que hay cosas que nos hacen daño o que estamos esperando cambios que no llegan. Podemos incluso hablar de ello con otras personas y reconocer que necesitamos alejarnos. Sin embargo, cuando llega el momento de hacerlo, aparecen el miedo, la esperanza de que todo cambie y el recuerdo de los momentos en que las cosas sí fueron bien.

Y terminamos quedándonos.

En esas situaciones, es comprensible que nos concentremos en el comportamiento de la otra persona. Pensamos en lo que hizo, en lo que dijo, en las promesas que incumplió y en todo lo que nos gustaría que fuera diferente.

Pero también puede ayudarnos mirar nuestra propia experiencia. ¿Qué me hacía seguir intentándolo? ¿Qué esperaba que ocurriera? ¿Qué temía que pasara si me marchaba? ¿Qué significaba para mí aceptar que esa relación no iba a convertirse en lo que yo esperaba?

Quizá llevabas mucho tiempo esperando que alguien finalmente te eligiera. Quizá sentías que, después de todo lo que habías invertido en la relación, marcharte significaba perderlo todo. O quizá te resultaba muy difícil imaginar quién serías sin esa persona.

Comprenderlo no significa que seas responsable del daño que recibiste. Significa que puedes empezar a conocer mejor los motivos por los que permaneciste en una situación y reconocer qué necesitas para tomar decisiones diferentes en el futuro.

Y eso requiere tiempo. No siempre basta con darse cuenta de algo para conseguir cambiarlo inmediatamente.

Si has aprendido a callarte para evitar conflictos, tendrás que aprender a expresar tus necesidades. Si estás acostumbrada a resolver los problemas de todo el mundo, quizá necesites practicar el dejar que los demás asuman sus responsabilidades. Si sientes que tienes que perseguir a alguien para conseguir su cariño, necesitarás aprender a observar si existe interés mutuo antes de seguir esforzándote.

Son cambios que se construyen poco a poco, a través de decisiones concretas y de nuevas experiencias.

Por ejemplo, si estás conociendo a alguien y sientes una necesidad muy intensa de conseguir su atención, puedes detenerte un momento y preguntarte qué está pasando dentro de ti.

¿Estoy disfrutando de conocer a esta persona o estoy demasiado pendiente de averiguar si le gusto? ¿Me interesa cómo es realmente o estoy concentrada en conseguir que me elija? ¿Estoy prestando atención a lo que me ofrece o estoy pensando principalmente en lo que podría llegar a ofrecerme si las cosas cambian?

Estas preguntas pueden ayudarte a mirar la relación desde otro lugar.

Y si conoces a alguien que te trata bien, que se comunica contigo y que muestra un interés constante, puedes darte la oportunidad de descubrir cómo te sientes a su lado. No tienes que obligarte a estar con esa persona si no hay atracción o compatibilidad. Simplemente puedes evitar descartar una posibilidad de inmediato porque la tranquilidad te resulta desconocida.

Aprender a elegir de una manera más consciente también significa reconocer que no podemos controlar por completo el resultado de una relación. Podemos observar, hacer preguntas, establecer límites y decidir qué estamos dispuestas a aceptar, pero nunca tendremos garantías absolutas de que alguien no nos decepcionará.

Lo que sí podemos hacer es prestar atención a las señales, escuchar lo que sentimos y tomar decisiones teniendo en cuenta nuestras necesidades, en lugar de guiarnos únicamente por el miedo a perder a la otra persona.

Y quiero insistir en algo: no todo lo que nos ocurre en una relación viene de nuestra infancia. Nuestra historia influye, pero también importan las experiencias que hemos vivido de adultos, las características de la otra persona y las circunstancias de la relación actual.

A veces una pareja es realmente irresponsable. A veces existe una incompatibilidad importante o una dinámica de manipulación o maltrato. En esas situaciones, comprender nuestros patrones no significa que tengamos que aprender a soportar mejor lo que está ocurriendo.

No necesitas encontrar una herida propia que justifique el comportamiento de alguien que te está haciendo daño. Puedes reconocer tu historia emocional y, al mismo tiempo, comprender que la otra persona es responsable de sus decisiones.

El trabajo personal no consiste en convertirnos en personas que nunca se equivocan al elegir pareja. Consiste en conocernos mejor, reconocer lo que necesitamos y desarrollar la capacidad de actuar cuando descubrimos que una relación no nos está haciendo bien.

Cuando vuelvo a leer la última parte de mi poema, pienso en ese deseo de llegar a un lugar de mayor serenidad. En la posibilidad de mirar hacia atrás y comprender por qué nos quedamos, qué esperábamos encontrar y qué necesitamos aprender para no volver a abandonarnos a nosotros mismos mientras intentamos que alguien más se quede.

No se trata de tomar decisiones perfectas. Se trata de empezar a tomar decisiones más conscientes.

Quizá la próxima vez que sientas una necesidad muy intensa de aferrarte a alguien, puedas hacer una pausa antes de actuar. Quizá puedas preguntarte si estás respondiendo a algo que está sucediendo en el presente o si también se ha despertado una experiencia que conoces desde hace mucho tiempo.

No siempre encontrarás una respuesta clara. Pero empezar a observar tus reacciones puede ayudarte a reconocer aquello que antes ocurría sin que te detuvieras a pensarlo.

Y si descubres que llevas años repitiendo una dinámica que te hace sufrir, puedes buscar acompañamiento psicológico para explorarla con mayor profundidad. A veces necesitamos un espacio donde podamos revisar nuestra historia, comprender nuestras emociones y ensayar nuevas formas de relacionarnos.

Me gustaría que me contaras en los comentarios si alguna vez has descubierto que tus parejas eran muy diferentes, pero tú terminabas sintiéndote de una manera muy parecida dentro de cada relación. ¿Qué era lo que se repetía? ¿Sentías que tenías que perseguir el cariño, que debías hacerte cargo de todo o que necesitabas callarte para evitar que la otra persona se alejara?

Puedes compartirlo si te sientes cómoda haciéndolo. A veces, poner en palabras una experiencia nos ayuda a reconocer cosas que hasta entonces nos costaba comprender.

Y si quieres seguir explorando tu mundo emocional a través de la psicología, la escritura y la poesía, puedes suscribirte al canal. También quiero recordarte que en mi libro Lágrimas Sanadoras: Un recorrido emocional de dolor y esperanza encontrarás poemas y textos que nacieron de experiencias emocionales y que pueden acompañarte en tu propio proceso.

Gracias por escucharme y por dedicar este tiempo a mirar tu historia con un poco más de atención. Espero que esta conversación te ayude a comprender mejor la manera en que te relacionas con los demás y a reconocer que siempre puedes aprender nuevas formas de construir tus vínculos.

Nos escuchamos en el próximo vídeo.

lunes, 5 de octubre de 2026

Anatomía de lo no vivido

Duele aquello que no sucedió:

los besos que no entregué,
las rosas que nunca toqué,
las sonrisas que no provoqué.

​Aquellos lugares que no conocí,
las piedras de fantasía que pateé 
lágrimas sin razón.
Dolor de fantasía, convertido en realidad.

​Mis decisiones pesan:

infancia perdida,
juventud tras una pantalla.

Ahora contemplo la nueva juventud
viviendo lo que me faltó,
mientras cargo un reloj 
adelantado y atrasado a la vez.

​La herida sacude mi alma
y mis pies no ven la recta final.

Soñando sueños que nunca nacerán,
(¿O tal vez lo harán?) 
viviendo una verdad.

​Hermosa y dolorosa fantasía,
mientras miras a tu alrededor y sabes
que el tic-tac nunca se detiene.


sábado, 3 de octubre de 2026

El hambre que me sostiene

Me estoy muriendo.
Cada día un respiro se desvanece.
Siento el cansancio pesar,
pero la ilusión con la que nací me sostiene.

​Sé que no soy fácil,
pero admítelo:
tampoco quieres que lo sea.

​Aunque el sueño te pesa
y las trabas aparecen,
sigo viviendo
porque aún crees en mí.

​Dejé de ser un sueño hace mucho:
soy tu meta, soy tu destino,
tu inicio y tu final.

​Así que sigue alimentándome,
que cada paso me hace más grande.

Fuera de reloj

Mi rueda de la vida empezó a girar.
Los engranajes dejaron de encajar.

Ya no eres el rompecabezas perfecto:
faltan piezas,
grumos de tierra han caído.

​Todo pierde su color.
​El abismo se hace más profundo,
pasan los días
y yo escalo aquel muro de contención
que construí... que construimos.

​¿Dónde está el piso bajo mis pies?

Cuando el viento hiela,
las paredes se derrumban.

​¿Dónde está la luz que alguna vez vi?

Si es mi propia luz la que guía mis pasos...
¿por qué ahora solo veo rojo y gris?

​Mi tormenta empieza a ahogarme,
y tú, mi bote salvavidas,
decides aparecer fuera de reloj.

lunes, 17 de agosto de 2026

La hormiga que construyó el edificio

Trato de ubicar las piedras, 
en el orden más sólido que puedo 
a veces 
me parece que van a caer,
las reubico, pulo, tallo, reconstruyo.

El muro que intento construir, 
hay días que lo veo crecer,
otros, en que se mantiene igual
algunos días cuando la luz no llega
simplemente se desvanece


¿Cuándo terminaré de construir mi hogar?
Si soy como una hormiga
construyendo un edificio.

Por más que grite...
nadie me escucha. 

Si se derrumba
nadie lo nota,
si abandono,
nadie dirá nada.

¿Pero dónde viviré si abandono?
¿Dónde me refugiaré,
durante el invierno que destruye?

No, no es disciplina, 
solo...
No tengo de qué sostenerme.


No tengo nada.

Solo esperanza.


Que el sueño se cumpla,
y la tormenta, 
no me destruya.


Una luz me llama

Una voz me llama,
no sé bien a qué suena,
solo susurra en mi alma.

¿Cómo puede atraparme tu mirada?
si tu carne no me acompaña 

¿Cómo puedo ver tu brillo?
Si hasta las lámparas necesitan oscuridad.
soy como una polilla que va tras esa luz


¿Porqué estoy tan segura?
si existen millones de personas en el mundo.

Cuando he errado tantas veces,
y el camino no se ve llano.
Hasta las rosas más bellas se marchitan,

Un canto de sirena me ha cautivado,
tras otro mundo iré,
porque tu llama, 
ahora habita en mí.

domingo, 16 de agosto de 2026

Una sombra a la distancia

A la distancia divisé tu sombra,
parda, gris, ágil. 
Una fantasma que iba con prisa,
un trago amargo que caía en  la herida.

Recuedos llegaron a mí,
momentos fugaces que pudieron ser.

"Pudieron  ser"
qué frase tan precisa.

Pudo ser una compañía de por vida,
pudo ser una historia diferente,
pudo ser, pudo ser
¡pudo ser, ¿qué?!

Cuando la puerta fue cerrada de golpe,
el sonido retumbó en mi pecho,
Mi cuerpo dio la espalda.

Momentos en que ya no podía continuar,
Conversación que nunca fue pronunciada.

Una piedra más en el jarrón del olvido.

guions nuevo

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